Cosas de hombres

Hace poco tuve la tremenda suerte de conocer y escuchar a Marina Subirats, socióloga feminista que ha investigado durante toda su vida en las diferencias de género entre niños y niñas, y cómo afectan al desarrollo de nuestra sociedad. Nos contó que, históricamente, en la mayoría de las sociedades, los hombres hemos tenido asignadas tareas defensivas: en las guerras, las conquistas, las invasiones… éramos los encargados de luchar y de arriesgar nuestras vidas para defender al grupo social al que pertenecíamos.

Esa terrible tarea requería de unas características especiales que nos aseguraran el valor, la falta de empatía con el enemigo, o la ausencia de miedo al dolor y a la muerte. Con este objetivo bélico, se educaba a los varones en la insensibilidad y la rudeza, moldeando su espíritu para la batalla.

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A día de hoy, en nuestro país, prácticamente nadie ha combatido en una guerra. Tenemos la suerte de vivir en una sociedad que hace casi 80 años que no combate en una guerra abierta. Pero seguimos educando a los niños como guerreros. Mantenemos esa educación diferencial que prioriza en los hombres la insensibilidad, la agresividad y la falta de empatía; y en las mujeres la capacidad de sufrimiento, la debilidad y el rol de cuidadoras.

Ya no tenemos grandes guerras en las que los hombres vamos a cortar cabezas y a ejecutar enemigos sin mirarles a los ojos, pero seguimos regalando a nuestros niños juegos de combate en los que el último objetivo es acabar con el otro, deshumanizándolo.

Esta educación tiene terribles consecuencias. Ya las tenía cuando había guerras: los hombres éramos violentos, insensibles, dominantes y con un tremendo gusto por el riesgo. Ahora, ésta educación fomenta que lo sigamos siendo. Seguimos educando a niños con un tremendo gusto por la agresividad, las peleas, la dominación, la competitividad y la superioridad. Les damos patrones de conducta y de pensamiento similares a los que se daban a los niños que iban a ser guerreros, y son esos patrones los que modelan quiénes somos.

Además, hemos creado una sociedad patriarcal en la que se valoran mucho más estos valores masculinos (con todas las consecuencias negativas que tienen) y se menosprecia todo lo que tenga que ver con las mujeres. Hasta tal punto que para ser valoradas algunas mujeres tienen que adquirir estos patrones violentos y dominantes, estamos hartas de verlo en política o en las grandes empresas.

Hasta que no cambiemos la manera de criar a nuestras niñas y niños, apostando por coeducación y los valores universales, no haremos más que poner parches a problemas tan graves como la violencia machista, las agresiones sexuales o la brecha salarial. Por supuesto, no es la única solución, los hombres que ya hemos recibido esta educación diferenciada tenemos la oportunidad (y la obligación) de desaprender estos modelos y construir nuevas formas de relacionarnos, de amar y de vivir en sociedad.

Autor: Alejandro Cobos

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