Queipo de Llano, el “Carnicero de Sevilla” o la impunidad de los fascistas.

 “La censura más grande que han conseguido todos los fascistas es la indiferencia de la gente. Sigo con la sensación de que no hemos salido del franquismo”. Estas palabras del cantautor Paco Ibáñez en una entrevista a eldiario.es el pasado 2 de septiembre definen a la perfección las circunstancias en la que se encuentran miles de personas que siguen reclamando Verdad, Memoria, Justicia y Reparación para las víctimas del franquismo durante la Guerra Civil y la posterior represión que duró hasta más allá de 1975, año de la muerte del dictador Franco.

Y es que cuando la población es el mayor cómplice de la impunidad de los criminales, se antoja tarea difícil hacerles entender los motivos que podamos tener para no rendirnos en el empeño de que algún día, y sobre todo, se haga Justicia.

Si a la muerte de Franco quizás no era el momento más idóneo, tres años más tarde, cuando “los padres de la Carta Magna” establecían las normas por las cuales deberíamos convivir en un futuro en paz y democracia, podrían haberse molestado en tener en cuenta que las heridas abiertas a lo largo de casi 40 años no se cerrarían con el silencio y el olvido impuesto. Una herida, que si no se la cura adecuadamente, se enquista, va supurando y ninguna buena intención ni propósito consigue que se cierre. Sigue abierta, sangrando, hasta convertirse en crónica, únicamente sanable con la Verdad y la Reparación. Y más aún, teniendo que convivir con los verdugos, criminales y asesinos. Siguiendo estos con numerosos privilegios, a cara descubierta sin necesidad de esconderse y siendo tratados como héroes de una patria que solamente reconocía a quienes les habían servido bajo el mandato del más feroz fascismo y de un nacional catolicismo opresor y defensor de la barbarie cometida contra personas inocentes.

Porque la iglesia fue cómplice y parte activa en los hechos. Arzobispos que exigían la movilización armada de sus fieles contra la República, obispos que llamaban al exterminio de socialistas, comunistas y anarquistas, sacerdotes que elaboraban listas de muerte, designaban a quién  fusilar y animaban a los asesinos a intensificar la matanza. Cientos de curas asesinos que llevaban pistola, mataban y daban tiros de gracia. Aquí podríamos acordarnos del cura de Navarra, Antonio Oña, armado con pistola y uniforme de campaña y que llegó tras la contienda a Obispo de Mondoñeo. O Juan Galán Bermejo, cura de Zafra, ejecutor directo de unos 750 asesinatos. Descubrió a un miliciano escondido en un confesionario y lo mató con su pistola. Galán se jactaba, mostrando su pistola, de que llevaba «quitados de en medio más de cien marxistas». También Isidro Lomba, cura de Badajoz, que elaboraba las listas de los que aún seguían vivos tras los asaltos y que había que detener para llevarlos a la Plaza de Toros para fusilarlos. Luis Fernández Magaña, coadjutor de la parroquia de Murchante en Navarra, que era el que daba el tiro de gracia a los fusilados de la cárcel de Tafalla, antes de ser arrastrados a la fosa común. Testimonios de presos que contaban que «había un cura de Santander que se paseaba con un látigo debajo del brazo y que decía “lo mejor para estos es pegarles cuatro tiros y tirarles al rio, así no sabe nadie dónde están”»

Si se hubiese hecho Justicia, los criminales de guerra hubiesen pagado sus culpas. Las víctimas hubiesen sido reconocidas y las heridas, aunque con cicatrices,  se podrían haber cerrado.

Pero transcurren los años, los lustros e incluso décadas y no se hace nada que haga pensar que esto ocurrirá algún día. Ningún gobierno democrático ha condenado ni abiertamente ni tampoco tácitamente la dictadura, a los criminales o los asesinatos y desapariciones. Ni tampoco el saqueo o el robo de bebés. O el abandono de republicanos en campos de concentración nazis.

Y si hablamos de impunidad no lo hacemos sin razones. Algunos de los criminales murieron durante la contienda, como el general Mola Vidal, en junio de 1937, que junto con Sanjurjo, también muerto en julio de 1936  y Franco fueron los directores del golpe fascista, pero que posteriormente recibieron reconocimiento de héroes y no pocas calles, edificios, colegios e incluso aeropuertos llevaron sus nombres. A Mola se adjudica la frase: Es necesario crear una atmósfera de terror, hay que dejar sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todo el que no piense como nosotros. Tenemos que causar una gran impresión, todo aquel que sea abierta o secretamente defensor del Frente Popular debe ser fusilado.”

Otros lo hicieron años después, habiendo vivido a cuerpo de rey, y haciéndolo en sus camas, junto a sus familias, teniendo en su haber miles y miles de muertes violentas. Entre estos podemos contar con Antonio Castejón Espinosa, el carnicero de Zafra y abuelo materno del actual secretario general del PSOE, Pedro Sánchez Castejón. O el filo nazi General Yagüe, el carnicero de Badajoz, al quien se le hace responsable del asesinato de casi 4.000 personas en la masacre de la capital extremeña. También Millán-Astray, Manuel Goded, Serrano Suñer o Enrique Varela, que participó en las ocupaciones de Sevilla, Córdoba, Antequera y Cádiz. En esta última provincia, la represión se cobró miles de víctimas, llegando a afirmar el propio Varela en agosto del 36 que «en Cádiz no dejaremos un republicano ni nadie que huela a izquierda con vida»

Y así alcaldes fascistas, empresarios, terratenientes y ciudadanos normales que cegados por la avaricia, la venganza personal o los intereses económicos, denunciaban a diestro y siniestro, sabiendo perfectamente las consecuencias que tendrían sus actos.

Pero si alguien que merece una especial atención, ese es Gonzalo Queipo de Llano y Sierra. No sé si es porque yo soy andaluza, porque sus actos me afectan directamente o simplemente porque se ganó a pulso ser considerado uno de los más crueles y sanguinarios militares del golpe de estado de 1936.

No solo fue un asesino despiadado, sino que también un vil traidor, cambiando de bando según le convenía. Apoyó la dictadura de Miguel Primo de Rivera, posteriormente juró lealtad a la Republica y finalmente fue parte instigadora en el golpe de estado de los traidores fascistas. Su adhesión a la República no fue precisamente porque comulgase con la ideología de Libertad e Igualdad para todos, como bien demostró posteriormente en sobradas ocasiones. Los motivos fueron más bien personales, al tener muchas desavenencias con el gobierno de Primo de Rivera y con este último más en concreto. Incluso fue procesado varias veces y dado de baja del ejército. Aunque recibió una formación militar desde muy joven, su espíritu no era el de una persona dispuesta a obedecer órdenes contrarias a su forma de pensar, una forma muy personalizada en lo que a lealtad se refiere: “sólo le debo lealtad a quien me es leal”. Ya restituido, casi como héroe, en su cargo militar con la llegada de la República y a la destitución del presidente de la República, el conservador Aniceto Alcalá Zamora en favor de un gobierno más a la izquierda, Queipo de Llano cambió radicalmente en sus posturas, mostrando su verdadera cara, con argumentos fascistas tales como las esencias patrias, las visiones catastrofistas de una nación en manos de “los rojos” y atribuyéndose misiones  redentoras en nombre de la patria y otros tópicos habituales a la ideología conservadora y fascista. Menudo elemento.

Nombrado Jefe del Ejército del Sur, asumió el gobierno militar y civil, lo que lo convirtió en el militar con más poder de Despeñaperros para abajo, siendo el responsable directo de todas las ejecuciones llevadas a cabo en Andalucía. El “Virrey de Andalucía”, como era conocido, disponía de las vidas de todos los andaluces y andaluzas según su criterio fascista y asesino. Y a partir de ahí, la verdadera personalidad de este individuo afloró, cometiendo los más inimaginables abusos.

Una vez desatada la traición fascista, dirigió el golpe militar en Sevilla “La Roja”, ciudad con un amplio movimiento obrero. La represión que llevó a cabo en la capital andaluza le costó la vida a más de 3.000 personas solamente entre el 18 de julio del 36 y enero del 37.

En la toma del edificio de la gobernación civil, por ejemplo, se toman presos los 200 guardias de asalto presentes en ese momento y condenamos inmediatamente a muerte. Una muestra más de una violencia no justificable. Actos como estos fueron descritos por los falangistas como “represión informal y espontánea”, mucho antes de que se aplicasen los conocidos Bandos de Guerra. En realidad se trataba de:

“La destrucción física de los cuadros de los partidos del Frente Popular, de los sindicatos obreros y de las organizaciones masónicas, sin perder de vista tampoco a los partidos democráticos más moderados y a las personalidades independientes […] se puede hablar de una operación perfecta de extirpación de las fuerzas políticas que habían patrocinado y sostenido la República.”

Y aunque la toma de Sevilla fue llevada a cabo por los Tercios y los Regulares llegados desde Cádiz, la decisión de infundir el máximo terror entre la población les lleva a emplear las mismas medidas represivas y abyectas empleadas en Marruecos: detenciones, violaciones, fusilamientos sumarios e inmediatos, castraciones y amputaciones y otros salvajismos encaminados a esparcir el miedo entre la población y encontrarse la menor resistencia posible.

“Los crímenes, sin ningún tipo de juicio, declaración o defensa se sucedieron generalmente junto a los cementerios o en las cunetas de las carreteras. En los libros registros civiles de juzgados y en los de cementerios puede leerse: «Desconocido o bien Fulano […] fallecido el día XX de julio de 1936 a las [en blanco] a consecuencia de aplicación del bando de guerra». En otros casos el médico certificaba lo evidente «por herida de bala, hemorragia, anemia aguda, etc.». La acusación era verbal, sobre la base de delaciones, listas negras o informes oficiosos, en todo caso consentidos o inducidos por la autoridad militar: ​ se los llevaban y eran fusilados en el acto. En los escasos registros o sumarios encontrados, las víctimas civiles fueron acusadas de «delitos» como ser votante de izquierda, ser familia de republicanos destacados, haber discutido con alguien de política o haber mirado mal al cura. ​ Cualquier cosa, por insignificante que fuera, podía ser motivo para el escarmiento.” (Fuente: Richard Barker – “El largo trauma de un pueblo andaluz”).

 “A sus 61 años, asentado en Capitanía y con la ayuda del teléfono, del telégrafo​ y del micrófono, se convirtió en el cabecilla indiscutible para Andalucía del plan represivo maestro llamado técnicamente por los historiadores limpieza política.​ Una voluntad premeditada y programada de aniquilamiento de la democracia aplicando sistemáticamente la brutalidad en todo el país conforme se desarrollara el golpe de estado.”  (Fuente: Richard Barker – “El largo trauma de un pueblo andaluz”).

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 Retorcido en sus procedimientos, consiguió implementar el “estado de guerra” de forma automática al proclamar los bandos de forma pública en las plazas de cada pueblo. “La mirada que acusa, el dedo que denuncia, la mano que apunta los nombres en la lista…estaban dentro de los pueblos y muchas de las víctimas eran conducidas a la muerte por vecinos conocidos.” (Fuente: Gil Andrés, C.: Lejos del frente. La guerra civil en la Rioja Alta.)

Con su autoproclamada autoridad, el general que fue expulsado por dos veces del Ejército consiguió la legitimidad jurídica. Durante cinco días no hubo mayor autoridad que él en Andalucía. La subsiguiente represión se desencadena bajo una seriación de Bandos y Órdenes más específicos que emanaban directamente del general Queipo de Llano. Se dictaron instrucciones precisas para que no se inscribiera a los asesinados en los Registros civiles, con la intención de dejar el menor rastro posible. (Fuente: Francisco Espinosa Maestre – Informe sobre la represión franquista).

Y a partir de ahí, el asesino Queipo de Llano se hace con el poder en Andalucía, perpetrando una crueldad tras otra. No podría enumerar todas las fechorías cometidas porque sería una tortura, pero si hay algunas muy destacadas y que son ejemplo claro de la ruindad y la perversidad de este abyecto personaje. Hagamos referencia a la más cruel de todas:

La toma de la ciudad de Málaga se produce en febrero de 1937 y está dirigido por el propio Queipo de Llano, agazapado cobardemente en uno de los barcos que bombardearon la carretera Málaga- Almería. La gente de Málaga, por miedo a quedarse acorralada y debido a los continuos bombardeos que se llevan produciendo desde el mes de enero, con las tropas franquistas avanzando desde el oeste y los camisas negras italianas desde el norte de la provincia, deciden huir de la ciudad. Pero la única vía de salida que tienen es la carretera de Málaga a Almería. Aquel hecho fue conocido como la “Desbandá”.  150.000 personas sufrieron el rigor del camino y más de 5.000 personas murieron, asesinadas, en ese negro y tétrico periplo. Fueron literalmente masacradas por tierra, mar y aire. Metralla, balas, cañonazos y bombas recibió esta muchedumbre humana, descalza, fatigada y con hambre. Fueron masacrados desde el aire por aviones alemanes e italianos mientras, las tropas nacionales fascistas los acosaban bombardeándoles desde el mar. Niños, mujeres y ancianos en su mayoría, morían de hambre, de frío, de agotamiento físico y por las letales heridas de los barcos, el Cervera, el Baleares y el Canarias. Pero también morían por el acoso de la aviación alemana más la metralla que les llegaba desde las sierras y montes de la zona. Y el sanguinario personaje general Queipo de Llano, dirigía las operaciones desde un barco.

Y a los que se quedaron en la capital malagueña no les estaba reservada mejor suerte. Según el historiador Hugh Thomas, la represión fue brutal y se  calcula en unos 8.000 el número de fusilados y enterrados en fosas comunes como las del cementerio de San Rafael. La matanza más cruel desde la masacre de Badajoz en 1936.

Conocidas son también las arengas que solía soltar por la radio, fomentando así el odio entre la población y humillando de forma continua a los vencidos.

No solamente era cruel y sanginario, como lo demuestran las siguientes frases dichas por él:

“Estamos decididos a aplicar la ley con firmeza inexorable: ¡Morón, Utrera, Puente Genil, Castro del Río, id preparando sepulturas! Yo os autorizo a matar como a un perro a cualquiera que se atreva a ejercer coacción ante vosotros; que si lo hiciereis así, quedaréis exentos de toda responsabilidad. Al Arahal fue enviada una columna formada por elementos del Tercio y de Regulares, que han hecho allí una razzia espantosa”.

“¿Qué haré? Pues imponer un durísimo castigo para callar a esos idiotas congéneres de Azaña. Por ello faculto a todos los ciudadanos a que, cuando se tropiecen a uno de esos sujetos, lo callen de un tiro. O me lo traigan a mí, que yo se lo pegaré”.

“Ya conocerán mi sistema: Por cada uno de orden que caiga, yo mataré a diez extremistas por lo menos, y a los dirigentes que huyan, no crean que se librarán con ello: les sacaré de debajo de la tierra si hace falta, y si están muertos los volveré a matar”.

  También demostró en más de una ocasión su condición de machista misógino que incitaba a las violación de las mujeres republicanas:

“Nuestros valientes legionarios y Regulares han enseñado a los cobardes de los rojos lo que significa ser hombre. Y, de paso, también a las mujeres. Después de todo, estas comunistas y anarquistas se lo merecen, ¿no han estado jugando al amor libre? Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricas. No se van a librar por mucho que forcejeen y pataleen”

Nadie se atreve a dar un número, ni siquiera aproximado, del número de víctimas a cargo del “Carnicero de Sevilla”. Tales fueron sus desmanes. Solamente en Sevilla capital, se le atribuyen más de 14.000 asesinatos. Se habla de 12.854 asesinados como “casos documentados de víctimas”, según García Márquez, autor de Las víctimas de la represión militar en la provincia de Sevilla (1936-1963). A estos datos el investigador suma 268 ejecutados de otras provincias y 862 muertos en prisión, “la mayoría de ellos en las semanas siguientes al golpe militar”, precisa.

Pero todo lo relatado hasta ahora no es suficiente para que sea declarado públicamente como criminal de guerra, un calificativo que, según nuevamente García Márquez, “es una aseveración histórica del máximo rigor, no un adjetivo” cuando nos referimos a Queipo de Llano.

Es más, aún hay numerosas calles, plazas, incluso pueblos que llevan su nombre. Aún se exhibe de forma permanente el despacho del general fascista desde 1992 en el Museo Histórico Militar de Sevilla y por el que han pasado ya 82.000 personas en lo que va de año 2017. Se trata del despacho y micrófono con los lanzaba proclamas de odio a la Sevilla de los vencidos. La mesa donde Queipo firmaba miles de sentencias de muerte es hoy una pieza “histórica” dentro del museo para el reclamo de turistas que pasean por el interior de la Plaza de España de Sevilla. El Instituto Militar responsable del Museo Histórico Militar, depende del Ejército de Tierra y este a su vez del dinero público otorgado por el Ministerio de Defensa.

 Aún hoy su familia ostenta el título del marquesado de Queipo de Llano, renovado por el entonces Ministro de Justicia, Ruiz Gallardón, el 17 de Julio de 2012 y es propietaria del cortijo de Gambogaz, situado entre los municipios sevillanos de Camas y Santiponce. Cortijo que fue adquirido con unas 100.000 “de suscripción popular” de las de 1937 entregadas por el entonces alcalde de Sevilla, Ramón de Carranza (el mismo que dirigía las tropas que entraron el 31 de Julio de 1936 en mi pueblo natal, El Coronil), como agradecimiento de la ciudad de Sevilla “por haber librado la capital de la barbarie roja”.  Sinceramente, la ironía del fascismo no tiene parangón.

Y aún hoy sus restos siguen enterrados, junto a los de su esposa, en la Basílica de la Macarena en Sevilla. Un ultraje que tienen que seguir soportando todos los descendientes de los asesinados y represaliados de Sevilla que acuden a esa Basílica. Y junto a la Basílica se encuentran “las Murallas de la Macarena, donde fueron fusilados preferentemente los condenados por el aparato jurídico militar de Queipo. Aparte del pelotón de fusilamiento, era reglamentaria la presencia de un sacerdote y un médico, que certificaba la defunción. Finalmente el pelotón desfilaba por delante del cadáver.” (Fuente: Francisco Espinosa: La justicia de Queipo)

Tanto el actual ayuntamiento de Sevilla, como la Coordinadora Andaluza de Organizaciones Republicanas han solicitado en reiteradas ocasiones a la Hermandad de la Macarena y al Arzobispado de Sevilla la exhumación de los restos y que estos sean entregados a sus familiares. La Coordinadora ha hecho llegar a través del Arzobispado incluso una carta al Papa en Roma para que se pronuncie al respecto y tome cartas en el asunto. Pero tanto la Hermandad como el Arzobispado se niegan rotundamente a llevar a cabo la petición. El Hermano Mayor de la Cofradía recordó el papel “principal” que jugó el asesino sanguinario Queipo de Llano para que la construcción de la basílica: “Gracias a él se pudo hacer.”

Y así criminales de guerra, asesinos sanguinarios como Queipo de Llano siguen amparados por la impunidad que les otorga un país gobernado por un partido sucesor del franquismo fascista, que simplemente se limita a incumplir las leyes aprobadas en el Parlamento y que de paso sigue financiando con dinero público a organizaciones claramente fascistas, una iglesia que sigue amparando a los ejecutores de más de 250.000 personas leales a un gobierno legalmente constituido y la indiferencia de una población que prefiere mirar hacia otro lado porque estas cosas ocurrieron hace ya muchos años. Pero ignorar lo que sucedió no lo va a hacer desaparecer. Sigue ahí. Y nosotros seguiremos recordándoselo. Se lo debemos a quienes murieron por defender la Libertad y la Justicia.

Autora: Ani García Pérez.

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