SÓLO 24 HORAS

Sólo 24 horas. Nada más que 24 horas. Empezaré suave, empezaré por el principio…

No es que sea una cuestión personal, pero cuando no eres feminista eres machista. Es una realidad, ya que el machismo no puede tasar con la igualdad. Me cansan esos comentarios que dicen que las mujeres también matamos a los hombres. Me cansa ese discurso de que las feministas somos feminazis. Me cansa y me agota. Antes me cabreaba, pero con el paso del tiempo he aprendido a no hacerlo, ahora simplemente me cansa, me aburre.

Me levanto por la mañana, tranquila. Cojo mis zapatillas, esas rosas que me regalaron mis amigas. Ahí va la primera.

Hago café. Me encanta el sonido que hace la cafetera, no me relaja pero me encanta, sobre todo porque sé lo que viene después, y por la mañana, tras haber dormido no más de cinco horas un café caliente te da la vida.

La perra me mira con ojos de corderito porque quiere salir  a la calle, asique dejo mi ansiado desayuno para darle un paseo mañanero y es entonces cuando viene la segunda.

Mi perra está con el celo. Sí, con el celo, no es nada raro, ni nada malo, es natural como la vida misma.

Uno de mis vecinos se acerca a saludarla con una sonrisa, y ella (que no lo hace nunca) le corresponde moviendo el rabo y sollozando. Entonces me pregunta: -“Pero bueno, ¿qué le pasa a esta hoy?”

Yo respondo con sinceridad; – “Está con el celo.”

Me mira a los ojos mientras hace una muesca que, convinada con sus palabras, me produce asco. – “Entonces esta cariñosa, como todas las mujeres cuando estáis con la regla”.

Estoy convencida de que se me notó en la cara. No era rabia, ni furia porque como ya os he dicho aprendía dejarla atrás. Era más bien un sentimiento de asco, de agotamiento de vergüenza.

Tras una ducha rápida y un café bebido en menos de un minuto me marcho al trabajo. Me siento en uno de los vagones del fondo porque es la zona más despejada y saco el libro de “Cansadas”. Sí, “cansadas” como me siento muchas veces, escrito por Nuria Varela.

Delante de mi hay dos chicos, bastante jóvenes, que me miran con una cara parecida a la que tenía yo hacía unos minutos con mi vecino.

“Una reacción feminista frente a la nueva misoginia” leen en la tapa del libro. Y ahí, en ese mismo instante, llega la tercera.

“Ya está la feminazi esta leyendo mierdas”, dice uno de los chicos. Yo ni le miro a la cara, ¿para qué? No merece la pena.

Les oigo chismorrear, igual que “las mujeres. Esas que son inferiores”. No puedo evitar reírme.

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Paso la mañana y parte de la tarde en el trabajo. Leo violaciones, asesinatos, agresiones… sí, soy periodista. En esos momentos, lo reconozco, me enfado, pero me supera la indignación.

A la tarde me toca asistir a un encuentro cerca de Lavapiés y cojo el autobús que me deja cerca de Embajadores. Así voy dando un paseo y se despeja un poco la mente.

En el autobús también me tocan otros chicos con ganas de crucificarnos. O peor.

La cuarta.

Al principio pensaba que iban borrachos porque no podía creerme que lo que estaban haciendo, lo hacían siendo talmente conscientes, pero a los pocos minutos me doy cuenta de que no.

Son tres… tres… no sé cómo denominarlos, pero son tres… algo.

Comienzan a golpear con fuerza, con mucha fuerza, el cristal. Un golpe, dos, tres… por si no nos habíamos enterado pegan cuatro, cinco, seis… Los amigos ríen, o mejor dicho y tal y como ellos lo expresaban; se “descojonan”.

Delante de ellos había dos chicas. Más o menos de mi edad que les miraban atónitas.

  • “Tú. Sí, tú zorra. ¿Sabes que tienes cara polla? Haz un favor al mundo y muérete pero primero cómeme el rabo anda”. Dice uno de ellos.

Nadie dice nada. Nadie hace nada.

No sé qué le debe ocurrir a mi cara pero es demasiado expresiva. Tengo que aprender a controlarlo.

Me miran a mí.

  • “Tú eres otra zorra. Me vas a comer la polla pero mirándome a los ojos que así me gusta más, viéndote la carita…”

Nadie hace nada. Nadie mira, gesticula o habla. Nadie. Nadie menos yo.

Le contesto. Ya me he cansado. Me he cansado de que nadie haga nada. Me he cansado de no hacer nada. Me he cansado de estar doblegada, subyugada ante estas conductas machistas intolerables.

  • “Cállate la boca. Déjame en paz, a mí, a ella y a todas las que estamos en el autobús”. Digo con la voz firme pero cagada de miedo por dentro.

Parece ser que le debí herir su orgullo de león, bueno, pobres leones. Su orgullo de tirano, porque en ese momento se levanta a envestirme como un toro. Es entonces cuando veo la luz, porque otro de sus amigos le para.

Bajo del autobús. Me tengo que sentar un momento porque no soy capaz de tenerme en pie…

¿Suena increíble verdad? ¿Cómo puede soportar eso una mujer? ¿Cómo podemos conseguir no juzgar a los hombres si recibimos tratos así siempre? Pues lo hacemos.

Sólo he contado cuatro, pero estamos sometidas a conductas machistas a todas horas.

Nos miran de arriba abajo, nos silban por la calle, nos juzgan, nos insultan, nos utilizan… Y por no hablar del lenguaje, la publicidad, los estereotipos, los “cumplidos”.

Aun así continuamos. Somos esas guerreras que se levantan todos los días para seguir luchando. Somos esas mujeres que nos negamos a tragar y a tragar. Somos esas chicas jóvenes que decidimos tomar el relevo. Somos las que “siendo normales” tenemos que soportar que nos traten como “las diferentes”.

Esas, las feministas, somos las que luchamos por un mundo mejor.

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