La Constitución sigue envejeciendo

Durante años, tanto la Constitución como la Transición se han mostrado como entes modélicas. A pesar de ello, si por algo se ha caracterizado este año ha sido por el disenso político. Por lo viejo que no termina de marcharse y lo nuevo que no termina de llegar.  Para algunos la Constitución goza de una salud de hierro, para otros está caduca y se queda en un mero papel mojado que no da respuesta a las demandas de la sociedad.

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Para entender los errores y aciertos de nuestra Constitución debemos remontarnos más allá de la Transición, al origen del constitucionalismo social que incorporó por primera vez los derechos sociales en las constituciones.

Las constituciones que gozan del honor de este hito histórico son la Constitución de México de 1917, resultado de la revolución mexicana, la Constitución de la República de Weimar en 1919, y la Constitución Española de 1931 aprobada en la Segunda República.
Del espíritu de esas tres constituciones nacieron las constituciones europeas de posguerra, que se inspiraron en las demandas de la lucha obrera para frenar el avance del comunismo en Europa debido a la cercanía con la Unión Soviética. Ese fue el nacimiento del Estado Social.

La Constitución de 1978 se redacta inspirándose a grandes rasgos en tres fuentes principales: La Ley Fundamental de Bonn de 1949 (texto constitucional de la República Federal Alemana), la Constitución italiana de 1947, y las Constituciones de las Monarquías históricas europeas.

La mayor coincidencia con la constitución alemana reside en el reconocimiento y garantía de derechos y libertades, y en la calificación del Estado Español como Estado Social y Democrático de Derecho al que va asociada la protección de los derechos sociales.

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Evidentemente, el modelo de Estado descentralizado que es propio de la Constitución italiana, inspirada a su vez en el ejemplo español de la II República, ha servido de guía para la redacción del tema autonómico en nuestra Constitución, aunque con peculiaridades propias. En segundo lugar cabe destacar la inclusión del principio general de igualdad.
Por último se inspiraron en las monarquías parlamentarias para redactar el Título II de la Constitución, el correspondiente a la Corona y la jefatura del estado.

Puestos a buscar defectos, el principal es que tenemos una Constitución que no se cumple, que se prostituye día a día. Y, lo que es peor, que no puede hacerse cumplir. A nadie le consuela tener garantizada la protección de su salud, si cuando sufre una enfermedad grave el estado se niega a pagarle los medicamentos que necesita para vivir por ser muy caros. ¿De qué les sirve a los parados tener derecho al trabajo, de qué le sirve a un indigente o a un desahuciado el derecho a la vivienda si es olvidado y abandonado a su suerte? Un derecho se convierte en derecho cuando puede ejercerse, y no es el caso. Por lo que gran parte de nuestra Constitución es papel mojado.

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La Constitución fue hija bastarda de su tiempo, de una Transición “tranquilita” y orquestada por las élites franquistas para dejar todo bien atado, para no pagar por sus crímenes y para mantener sus privilegios. Todo esto bajo la amenaza de un ejército al acecho,  preparado y ansioso por echarse a la calle si el experimento se desmadraba demasiado. Por eso los españoles nunca pudieron decir si querían un trono o no, si querían una república o no.

Puede que no se pudiera hacer nada mejor en ese momento, a pesar del esfuerzo de los sectores progresistas. Pero sería triste condenar de forma perpetua a todas las generaciones de españoles a tragar con una Constitución gestada de mala manera. Una Constitución votada bajo cierta coacción por la insinuación velada de “o esto o nada”.

La gente estaba cansada de dictadura, tenía ansias de libertad. No se les puede culpar por votar a favor de la Constitución dadas las circunstancias. Pero como dijo Jefferson: “El presente es de los vivos, no de los muertos”. Las constituciones también. Cada generación debe tener la libertad y la obligación de adaptar la Constitución a su propio tiempo.

Autor: Daniel Gómez Pérez @Destratoss

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